Volver a empezar: Eugenia Debayle

Encontrar un momento de paz en la oficina de Martha es el mayor reto, pero se logró y ella se sentó con Eugenia para entrevistarla

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“Código abc, código abc”. Y de repente todo el staff se movilizó rumbo
a mi cuarto. No sé si te puedas imaginar esa sensación. En un microsegundo te llega la certeza, como un rayo, de que algo anda mal. De que la persona que amas puede estar en peligro… Servio [mi esposo] entró en pánico: “que no sea Eugenia, que no sea Eugenia”. Pero el caos se hacía cada vez más grande… los siguió hasta el cuarto. Entonces salió el doctor y le dijo: “Eugenia está en un paro cardiaco”.

MARTHA: ¿Hay algo que viviste los primeros 44 años de tu vida que sientes que te estaba preparando para lo que te pasó?
EUGENIA: No, para nada, nada te prepara para una situación tan cabrona. Digo, sí siento que yo soy una persona bastante trabajada, porque desde adolescentes, mi mamá nos mandaba a terapia. Tenemos esa escuela, muy de ir al psicólogo y creo que ese baggage me ayudó, pero no, no creo que nada te prepare para algo así.

M: ¿Por qué era importante para ti compartir esta experiencia?
E: Para mí hacer el libro fue algo súper sanador. Siento que el contar mi historia fue súper terapéutico. Cuando acabé el libro, te lo juro, empecé a notar que todo estuvo muy bien. Me hizo mucho bien escucharme decir- lo en fuerte y ordenar todo lo que pasó. Y también porque creo que cuando a uno le pasa algo así, hay que ser generosos. Todos estamos pasando por algo, todos tenemos pérdidas. Puede ser que perdiste tu trabajo, una casa, una mascota, un divorcio, no hay dolor chico. Yo quería contarlo para demostrar que siempre hay una luz al final del túnel, y para compartir toda la sabiduría que me llegó a raíz de esto.

M: Y, ¿cómo supiste que estabas lista?
E: Es muy chistoso. Yo no paraba de hablar del evento, pero de que me sentaba y le contaba todo al mesero. Al que tuviera una oreja le quería decir lo que me había pasado. Y con el tiempo me empecé a dar cuenta que cada vez lo contaba menos. Y ahí me di cuenta que estaba sanando. Un día me fui a comprar unos tenis con Servio, porque era lo único que podía usar, y compramos unos tenis Nike blancos y me quedaron, porque no todos los tenis me quedaban, y me acuerdo que a la chavita que me los vendió, de 21 años, LE CONTÉ TODO. La pobre niña con cara de “ah, ok”, y me di cuenta que a todo mundo me quería agarrar de terapeuta. Cuando le empecé a bajar a eso, y la dejé de contar, me empecé a sentir lista. Otra cosa, dejé de llorar. Me tocabas el tema y era lágrima y moco tendido. Ahora ya lo puedo hablar sin llorar. O al menos no lloro todas las veces y es mucho menos. Ahí decidí contar la historia. Aparte, no estar bien físicamente, también te drena en lo emocional. Entonces, parte de estar lista era no estar completamente exhausta y querer estar dormida todo el tiempo, como hoy, jajaja.

M: Y, por ejemplo, ¿de qué le serviría a la gente que le tiene pavor a la muerte leer tu historia?
E: De muchísimo. Yo hoy, no le tengo nada de miedo a la muerte. Literal les puedo decir que ahorita me puedo morir y sé que la muerte es una experiencia súper liberadora, estás en paz y es un buen lugar para estar, de verdad, un gran lugar.

M: Creo que de todos los hermanos Debayle, el hecho de que tú eras la menor y como eres una varita de nardo, mi mamá siempre dijo que tú tenías hambre oculta. Y siento que siempre te viviste como una persona frágil y vulnerable. ¿Sientes que esta fue una lección, justamente porque este era tu Tikún y la vida te manda cosas para que te conviertas en lo que tú realmente eres?
E: Cien por ciento. Desde niña mi mamá y mi papá todo el tiempo eran de “que Eugenia no se acerque a la chimenea, que no prenda el horno ni la estufa”. Siempre era, “Eugenia no puede”. Y no era que no pudiera, no lo hacían con esa intención, pero era la chiquita. Yo siempre sentí que no podía hacer nada. No era nada malo, pero era con ganas de protegerme. Me acuerdo que de repente me decías: “¿Te vas a regresar sola en el camión de la escuela? Hija, no vas a poder tocar el timbre”. Y yo: “No sé, porque no traigo zapatitos más altos, pero ahí veo”. Ah, pues te regresabas conmigo. Digo, sé que lo hacías porque era tu hermana chica, pero creo que por eso, inconscientemente, siempre me sentí la que no podía hacer tantas cosas. ¿Y qué crees? La prueba más difícil me llegó a mí.

M: Otra cosa que siempre nos ha salvado es el humor, ¿estás de acuerdo?
E: Totalmente. Yo siempre he dicho que la vida es una tragicomedia, y lo que vivimos esos meses fue justo eso. Estábamos en una tragedia, pero siempre había comedia gracias a nuestro sentido del humor.

M: Cuenta cómo casi desnucas a mi papá o lo de Juana “la Loca” y Frida Kahlo, para que entiendan lo enfermos que estamos, jajaja.
E: Lo de mi papá fue porque, cuando me hicieron una terapia que se llama de verticalización, que estás como amarrada a una tabla, era la primera vez que me iba a parar, después de tres semanas. Y cuando me soltaron y me tenía que parar sola, solo vi la cabeza de mi papá que estaba en una silla y me agarré de ahí, gritando que me iba a caer, jajaja. Él quedó agachado como Juan Pablo II y yo no le quería soltar la cabeza. Es que en verdad estaba loca como Juana “la Loca”, e inmovilizada e incapacitada como Frida. Pero siento que estas cosas solo nos dan risa a nosotros.

M: Cuenta otra.
E: Es que tú, como eres de insoportable, me acuerdo que entrabas al cuarto así de, “hija, si yo fuera tú, estaría de, tras, tras, tras, un, dos, tres, con la andadera, súper proactiva”, y yo nada más te veía y pensaba, “está loca esta vieja”. Pero un buen día me di a la difícil tarea de meterte un contestón, y te dije, “Pues no sé cómo andarías así, Martha, si no has movido las nalgas en 30 años”, jajaja. Es que justo esos momentos son de tragicomedia, pero era muy fuerte ver tu desesperación y sentir que hasta estar con los ojos abiertos me costaba, ya deja tú discutirte.

M: ¿Cómo vives a esa Eugenia hoy? Sabiendo que sí eres fuerte, porque es una nueva faceta.
E: Pues tampoco te voy a decir que ya no le tengo miedo a nada. Claro que tengo miedo, todo el tiempo, hasta miedos imbéciles de la vida cotidiana. El miedo que te da hacer una llamada, hablar en público, cosas tontas que ahí siguen. Pero después de una experiencia así, de verdad te preguntas, “pues, ¿qué puede pasar?”, y lo haces.

M: ¿En qué más te cambió?
E: En muchas cosas, me hizo mejor persona, pero te cuento más adelante. En cuanto a las cosas pequeñas, Servio me dijo una cosa el otro día que me llamó la atención. “You’re always happy.” Y yo, “¿¿¿Quééé???”, porque cero se me hace. Y dice que siempre llego a la casa, lo saludo, canto en el baño, y que él no es tan happy como yo. Él jura que soy así después de lo que me pasó, y ahora que me lo dijo, sí lo veo. No estoy diciendo que no me amargo, pero sí creo que tengo un nuevo chip de felicidad con las cosas pequeñas y vivo más sonriente.

M: De cierta forma sí te vuelves otra persona. ¿Cómo te volviste a enamorar de tu vida pasada, la gente y todo lo que había en ella?
E: Pues está cabrón. Estás tan mal física y emocionalmente que para empezar, no quieres hacer nada. No quería ni comer, ¿para? Pero más adelante, el trabajo que hacía ya no me gustaba, pasé por una fase en la que dije: “¿Por qué trabajo en esto? ¿Para qué hago esto?” Todo me parecía un horror. Un día me dijo mi doctor, Enrique Monares: “Mira, así como has tenido que volver a aprender a caminar, a comer, a usar la mano izquierda, así tienes que aprender otra vez a amar todo lo que es tu vida. Tienes que volver a aprender a que tu vida te guste. A que te guste todo”. Dificilísimo. Es más, cada vez que viajaba era un martirio regresar a México. Me daba hasta miedo viajar porque decía: “Güey, si viajo, ya no me voy a querer regresar a México”. Era un llanto cuando tenía que regresar, una locura. Haz de cuenta que regresaba al infierno. Decía “güey, otra vez tengo que regresar a México, o sea ir a trabajar, no quiero, tengo que hacer las terapias, no quiero”. Sentía que estaba llena de obligaciones que no estaba lista para hacer. Mucha presión de recuperarme y estar bien. Pero tal vez eso es en parte lo que me salvó.

M: ¿Lo volverías a pasar?
E: Cien por ciento. No por lo que me pasó en el hospital y nada más de pensar en los tres años de terapia, todo el malviaje que tenía en mi mente, la presión que sentía de recuperarme y estar bien digo, “no hay forma, qué infierno”, pero pienso en todo lo que obtuve y no lo cambiaría por nada. La información que yo tengo, no la encuentras en ningún lado. Ninguna enciclopedia, ninguna terapia, ningún libro, nada te la da. Es una cosa que ni siquiera se puede explicar con palabras. Es oro molido y lo volvería a pasar, one hundred percent, solo por eso. Además, estoy segura que me hizo ser mejor persona conmigo misma y con los demás. Me volví más empática; entiendo mucho más a la gente en todo, me volví mucho más sensible a todo mi alrededor, en el buen sentido. Valoro todo lo que puede estar pasando la gente, porque sé que todos estamos pasando por alguna lucha. Hasta sonreírle al güey de la recepción de mi departamento, que hasta eso lo hago, empiezo a valorar todo lo que pasa la gente. Siento que me volví mucho más compasiva y mucho más paciente. Yo no tenía paciencia, ni conmigo. Y todavía no tengo la suficiente, pero entiendo que todo es un proceso y lo vivo mucho mejor, más tranquila.

M: Para alguien que está pasando por algo tan difícil, ¿cuáles dirías que son los pasos fundamentales o los pilares sobre los que te recargaste para salir?
E: Es toda una onda de reconectarte, reencontrarte y escucharte, porque lo primero es saber qué es lo que te hace bien. Yo hoy sé mucho mejor cuando alguien o algo me hacen bien, y cuando no, por supuesto. A partir de ahí puedes ir encontrando lo que te nutre y te hace crecer. Te puedo decir que leer me salvó. Al principio no podía leer, no aguantaba, pero me echaba algunos capítulos leyendo y luego me seguía con el audiolibro. Y eventualmente, como parte de irme reenamorando de mi vida, me fui acercando a todo lo que pude, eh. Que el psicólogo uno, que el psicólogo dos, lo que sea que siento que me puede ayudar. Los hongos, la moxa, todo. Lo segundo fue “matar a todos”. Servio, mi mamá, Martha, que es súper mandona conmigo. En n, es silenciar a todas las voces externas porque siento que te hacen mucho ruido. Y aunque toda mi gente lo decía desde un lugar de amor, NADIE entiende lo que estás pasando y nadie sabe lo que es mejor para ti mejor que tú. Por supuesto, ni hablemos de la gente cruel que comentaba horrores en mis redes, esas voces nunca las he pelado. Solo me da tristeza pensar el nivel tan bajo en el que debe vibrar esa gente.

Lo siguiente que me ayudó fue la fe y la esperanza. TIENES que creer en algo. Yo creo muchísimo en Dios y aunque no rezo, todo el tiempo estoy hablando con él. De todo. Muchas veces le digo: “No me sueltes ahorita”. Y por último, algo que admito que me cagó en su momento es push yourself. Prácticamente nunca quería ir a trabajar ni a mis terapias. Pero nunca, en serio. Y gracias a mi familia y a que yo hacía el esfuerzo estoy como estoy hoy. ¿Y sabes qué me llevó allá? Mi gente. De verdad, lo único que pensaba era: “No les puedo joder la vida a todos. Tengo que echarle ganas, porque si no, me voy a llevar a todo mundo entre las patas”. También fue un acto mío de amor.

M: Algo que te fascina de la nueva tú…
E: Varias cosas. Siento que ya respeto mucho más mis tiempos, ya digo que no, hago lo que quiero hacer y lo que no, no lo hago. Eliminé a mucha gente de mi vida que no quería y que antes jamás me hubiera atrevido. Me volví mucho más selectiva en todo, siempre quejándome que me haga bien a mí. Antes era la más complaciente y ahora tengo cuidado hasta con las llamadas que tomo. Y me fascina saber que soy mucho más consciente de mí. De mi cuerpo, de saber escucharlo, de saber cómo se siente cuando algo me gusta y estoy sintiendo bonito. Sé muy bien cuando algo hace que mi cuerpo reaccione de tal o cual manera, y así puedo identificar qué me hace bien y qué me hace mal. Digo, todos los días estás en la batalla, pero ahora soy mucho más consciente y observadora en mi persona y lo más importante es que ya me hago caso. Ya me escucho. Antes no lo hacía. Otra cosa que me encanta, que tal vez es a raíz de esto, es que realmente me conecté con mi esencia. Muchas veces estás peleada con ella y no te das cuenta, entonces te la vives haciendo cosas para afuera, por pertenecer y no lo que real- mente quieres y eres. Después de esto me di permiso de conectar conmigo. Un permiso que no me había dado en 44 años. Yo soy casera, me fascina moverme a mis tiempos, estar tranquila, a carcajadas con mi gente cercana. Esa soy yo y hoy me amo y me respeto más que nunca.

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