El Factor Figueroa: Todo sea por Yayoi

Hacemos lo que sea para que los chamacos sean felices . De ahí que los psicólogos luego digan que las madres somos masoquistas y que en realidad lo que nos gusta, es sufrir.

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La última vez que hice una cola así de larga, fue para ver a un oso panda en el zoológico de San Diego. Mi hijo moría por el “animalito”, así que estuvimos en los empujones más de hora y media.

Fue un momento súper estresante porque la cuidadora del zoo -que era igualita a “Aunt Jemaima” en tonalidad y dimensión-, nos gritaba “¡get moving, get moving!”, y Alex preguntaba cada 20 segundos “¿dónde está el panda má? ¿dónde está el panda má? ¿dónde está el panda má? ¿dónde está en panda má?”.

Y yo agobiadísima “allá arriba, mira, concéntrate bien mi amor (jaja). ¿Ves una cosita peluda blanca con negro que se mueve en el palo?”. Claro, hicimos una fila brutal y sólo vimos las pompas del oso encaramadas a 6 metros de altura en un bambú. Les juro que yo quería bajarlo de los pelos para no defraudar a mi criatura, pero hay cosas que ni siendo infatigables y voluntariosas podemos conseguir las madres.

Sí, hacemos lo que sea para que los chamacos sean felices (¡aún a costa de nuestras varices!). De ahí que los psicólogos luego digan que somos masoquistas y que en realidad lo que nos gusta a las mamás es sufrir. Y por otro lado, también existen madres terribles. Por ejemplo, Yayoi Kusama fue una niña prodigio maltratada y mega desdichada, aunque después todo se convirtió en extraña felicidad.

En eso pensaba hace unos días mientras hacía otra cola larguísima para ver la exposición “Obsesión infinita” en el museo Tamayo. ¡Obvio sola!

A ojo de buen cubero, conté 350 o 400 personas adelante. Pensé que si había hecho sendas colas para ver unas pompas peludas o para subirme a cualquier juego vomitivo en Disney, pues tenía que apechugar por doña Yayoi -una de las mujeres más increíblemente talentosas, famosas, locas y ricas del mundo a sus 85 años-.

Nadie esperaba que en México nos entrarían a todos las ganas de ir al museo en masa, enloquecidos y entre jalones. Pues ahí estábamos, queriendo absorber cultura y algo de psicología popular. Esa era yo el sábado: una casi psicóloga pop sumándome a la “kusamamanía”.

Porque la verdad, uno nunca sabe todo lo que puede aprender entre la oleada. Mientras unos se quejaban elegantes de los colados y gritaban “¡óoorale poliiii!, ¡abusado!, ¡se están metiendoooo!”, yo, aproveché el tiempo para escuchar pláticas ajenas. No me pregunten por qué, pero soy de esas personas que encuentran apasionante meterse en los asuntos de los desconocidos.

Atrás de mí venían 3 mujeres. Dos hermanas -una se llamaba Naomí y la otra, no sé, pero su nombre significaba “no carece de belleza” en japonés- y una estudiante bajacaliforniana de ciencias bioquímicas. Primero platicaron sobre el metabolismo y la glucosa y después del “cine contemplativo” (en serio). Hasta que entraron en confesiones más profundas…

Resultó que una estaba muy nerviosa con la exposición porque los puntos juntos le daban miedo, ansiedad y taquicardia. Entonces, la obra de Yayoi sería una especie de terapia de choque o un ejercicio de superación (es lo bueno del arte, que provoca distintas emociones). No crean, aunque reí un poco para mis adentros, me quedé preocupada por los resultados de la terapia. ¿Y si se nos desmaya con tantos puntos, puntitos y puntotes? Y ahí había penes, lunares, lores negras, caras repetidas y luces. Todo menos ambulancia.

¿Vieron la exposición? Fue fantástica. Era una muestra de la obra de la japonesa –yo digo que madre del pop art- realizada a lo largo de seis décadas. Aunque ¡me pasó lo mismo que con el panda!: tardamos dos horas en llegar al famoso salón de los espejos con penes rojiblancos y cuando apenas estaba tratando de “fundirme con la obra”, nos sacaron a gritos de “circulen, circulen” a los 20 segundos.

Digo, yo siempre tengo problemas en los museos porque no sé cuánto tiempo tengo que ver cada cuadro y que los demás no me vean con cara de “mira, ésta pobre no entiende nada”. Pero esto fue el colmo. Claro, eso me pasó por ir el penúltimo día, pero la desidia se apoderó de mí.

Algo que sacaba de onda a las familias enteras adentro del museo Tamayo, es que la artista tiene una fijación sexual tremenda. O sea, le enloquecen los genitales masculinos. Y aquí no sabría decirles, con precisión, si le tiene terror o cariño a lo fálico. No entendí bien por qué están por todas partes, pero blandos y malhechos, o mejor dicho, están diseñados con desdén. No los ve con cariño, pues.

Cuando llegamos en fila como chinitos, uno atrás del otro, hasta la sala donde el objeto estrella era un bote de remos recubierto por falos plateados de todos los calibres, los papás sudaban tratando de salir airosos con las explicaciones para los niños. Una les decía a sus hijos “son partes del cuerpo…”, otra alegó que “eran figuras abstractas” y un papá, el más creativo, soltó un “son una especie de frutas”. ¡Ay, los padres!

Yo, debo confesar, conocí hace poco a Kusama y me enamoré de su historia. Sobre todo me impresionó que vive por voluntad propia recluida en un manicomio, porque entre otras cosas sufre alucinaciones desde niña y siempre tiene ganas de suicidarse. Duerme en el hospital psiquiátrico y solo sale a trabajar. Pinta y pinta, crea, esculpe, escribe, diseña, produce muchísimo y se regresa a su celda/dormitorio.

Esto último me parece valiente, precioso y único: me gusta la locura bien encauzada.

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