El Factor Figueroa: La niña exótica

Qué joya ser pequeño ¿no? Luego creces y la vida cambia.

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Llevo toda la mañana recordando la infancia. La mía, específicamente.

Es que me identifiqué por completo con la niña mazahua que bostezaba durante el bonito discurso del presidente EPN en el Tianguis Turístico de Guadalajara. Por favor, no crean que soy una detractora de nuestro mandatario y que no le creo cuando dice que ‘hay mal ambiente pero estamos avanzando’. No.

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Recordé cuando era niña porque también odiaba los sermones, me parecían aburridísimos. Por ejemplo, me gustaba ir a misa para cantar, jugar con mis amigas y comer hostias, pero en la parte del Evangelio, también me detenía los cachetes del sopor.

Hasta la fecha, cuando empieza alguien con la ‘cantaleta’ salgo corriendo.

Por cierto, queridos lectores, ¿todavía festejan el 30 de abril? Se los pregunto porque la publicidad y el mundo entero nos pide que saquemos al niño que tenemos dentro pero…¡yo no puedo!

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No crean que soy una amargada que no quiere festejar el Día del niño. Al contrario, me encanta celebrarlo por todo lo alto. Lo que pasa es que sacar a ‘mi niña interna’ significa también sacar a la luz mi pasado polinesio y no sé si sea bueno que los lectores sepan que su columnista -a la que siguen y algunos admiran- pudo ser una bailarina exótica.

Siempre supe que lo mío era la información y soñaba con ser periodista desde los 6 o 7 años, pero debo confesar que una vez me desvié del camino. Cosas de niños.

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Por alguna razón me gustaba ver a las mujeres que zangoloteaban el cuerpo, llámale Tongolele, Olga Breeskin o Lyn May, y quería imitarlas. Sobre todo si era a ritmo de mambo o danzas polinesias.

Y como la suerte siempre ha estado de mi lado, en casa había otro personaje al que también le gustaba la Breeskin y entonces decidió apoyar cien por ciento la idea. Ese cómplice era mi papá. Aunque no sé si adivinó mis malas intenciones o le dio miedo que terminara de rumbera, pero se encargó de encaminarme más hacia las danzas culturales y menos hacia los congales.

Así, a lo tonto y sin darme cuenta, me convertí en la niña estrella de las clases de hawaiano y tahitiano en la colonia Roma. Bailaba toda la tarde. T-o-d-a-. Cuando había presentaciones o festivales, tenían que haberme visto como me contorsionaba al ritmo de “Hukilau”, “Kahulili”, “Te muhu a fenua”o “Bora bora”, que me provocaba una temblorina tremenda…’bora, bora, booora bora bora bora’.

No sé dónde o cuando perdí el ritmo, pero yo era una mini Lyn May con tantita más ropa (luego aprendí a hacer ‘split’ como ella, aunque para otros fines).

Además de una cinturita, tenía tanta flexibilidad -en un momento dado- que también se me ocurrió que podía ser como Nadia Comanecci y transformarme en gimnasta olímpica, entonces empecé con los brincos y marometas. Según yo, hacia una rutina de ‘manos libres’, pero solo daba giros como poseída.

Claro, a las dos semanas me aburrí del sueño rumano y volví dando caderazos al tahitiano, que fue mi refugio varios años. Dios ¿me imaginan como Diosa polinesia? Yo tampoco.

Como verán, desde niña estaba loca y he sido más de movimiento que de reflexión.
Qué joya ser pequeño ¿no? Luego creces y la vida cambia. Entre otras cosa, debes prestar atención a las ponencias presidenciales y pedir más permisos que cuando tenías 8 años.

Ahora, cerca de los 50 me ha dado por pensar si me he movido lo suficiente. Calculo que me falta. Prometo que lo haré. ¡Feliz día del niño!

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

3 COMENTARIOS

  1. Ah que Buena eres Martha!! Mis respetos y mira que te ODIABA en tu paso por Ventaneando y ahora me haces los días TAN amenos.

  2. Me encanta la forma desparpajada de Martha Figueroa, siempre en donde está, destaca por su singular forma de expresarse. Yo le admiro, por no tener tanto filtro y soltarla como va. Años siguiendola. CON MUCHA ADMIRACIÓN Y CARIÑO

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