El Factor Figueroa: Juguetes eróticos

¿Han comprado alguno? Yo tengo un ‘fuete’

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Estaba leyendo en la prensa española que Gwyneth Paltrow se compró un consolador de oro macizo y ahora lo vende en su página de internet (o sea, el mismo modelo, no el suyo).

Como soy bastante borrego y me gusta estar a la vanguardia en tendencias sexuales, corrí por uno.

Hace poco publicaron que el vocalista de Coldplay estaba deprimidísimo por haberse divorciado de ella. Yo creo que la causa de la tristeza no es la separación sino saber que su miembro estándar ha sido remplazado por uno mejor. ¿Cómo te levantas de ésa?

Pues, queridos lectores, les tengo dos noticias: la buena, que el juguetito sexual es precioso; la mala, es que lo va a comprar su madre… ¡cuesta 15 mil dólares! Con ese dinero prefiero conseguir un Tsuru que circule diario, estacionarlo en alguna calle obscura y tener sexo con mi novio (que dicho sea de paso ¡tiene un verdadero diamante!). Me saldría más barato.

Por favor no piensen que soy una columnista tacaña, lo que pasa es que el ‘vibrador Paltrow’ es tan de diseño, tan minimalista, que no se entiende bien qué es. Parece un pisapapeles o un termómetro hecho por Dieter Rams. Y yo prefiero que los dildos sean a imagen y semejanza del instrumento que DNS (Dios nuestro señor) creó. De hecho, tengo uno súper engañoso, casi humano; si no fuera porque es de plástico, pensarías que se lo cortaron a alguien.

Volviendo a la última locura de Gwyneth, eso de introducirte en algún agujero corporal un objeto de 24 kilates me pone nerviosa. De saber que tengo ese dineral en la cama, también tendría que guardar bajo la almohada una pistola o un cuchillo por si me asaltan.

Últimamente, las cosas íntimas que compro deben cumplir con algunas reglas alemanas de diseño, ya saben, ‘menos es más, ‘discretas’, ‘que respeten el medio ambiente’. Pero no crean que voy a los grandes almacenes, no: ahora compro todo en la calle. Soy más orgánica, dicen.

Por ejemplo, mi taquería favorita se ha convertido en un punto básico para el ‘shopping’ porque siempre llega un señor ex-presidiario que trae de todo. La verdad no tengo idea si es un asesino serial, un ladrón o qué delito lo llevó a la cárcel, pero cuenta que en los talleres aprendió a hacer limas (para exfoliar o escapar, no para hacer sopa) y cucharas de madera. Yo siempre escojo alguna cosa, le sonrío -por si no se regeneró en prisión- y sigo comiendo.

Pero a lo que iba, es a contarles que compré un ‘fuete’. Sí, para seguir la escuela erótica de la Paltrow. Es una vara de cuero de unos 50 centímetros de largo, con agarradera y lengüeta en la punta; y aunque es digno de que lo use Carlota de Mónaco en una competencia hípica elegante, costó 200 pesos y lo conseguimos en la banqueta –mi víctima y yo- con el firme propósito de darnos unos azotes de media intensidad.

Debo confesar que el fuete ya desquitó la inversión. El primer gran placer fue ver la cara de susto de los comensales vecinos y el segundo, cuando lo estrené hace dos noches.

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En pleno insomnio me acordé del juguete nuevo. Uf, qué delicia. Solo diré que es lo mejor que se ha inventado en el mundo ¡para rascarte la espalda! Nuestra relación se consolida cada noche.

Es la belleza de los objetos: siempre puedes reciclarlos (espero que el dildo no termine de escultura abstracta en la sala).

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

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