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El Factor Figueroa: Entre museos y besos

A veces reflexionas en un lugar insospechado.

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He ido a conocer La Puerta del Infierno. Primero porque me habían dicho que era una belleza y luego porque quería conocerla por si en un futuro –espero que lejano- me toca entrar por ahí.

No quiero sonar dramática, pero presiento que no me iré al cielo por uno que otro detalle. Es que el tema de los pecados es ambiguo y lo que a ti te parece muy bueno, a los encargados del juicio final no les agrada.

Pues no sé cómo será el infierno, pero la puerta, hecha por Augusto Rodin es preciosa. Por favor tienen que ir a verla al museo Soumaya. La entrada es gratuita y quien nos invita es el ingeniero Carlos Slim que tiene muchos defectos, pero una de sus virtudes es que quiera compartir con nosotros sus obras de arte (ya luego nos peleamos por el recibo telefónico).

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Eso sí, les recomiendo ir bien abrigados porque el museo tiene problemas de clima y adentro hay un frío de menos 9 grados. La exposición también podría llamarse la Puerta de la Antártida, porque te congelas de un momento a otro.

Después de conocer una de las obras maestras de Rodín, aproveché para ver que más había en el museo y encontré de todo. Es más, llega un momento en el que pierdes la noción del espacio y sientes que estás dentro de Galerías el Triunfo. Claro, se ve que el inge tiene tantos cuadros y esculturas que no caben en ninguna parte.

Tal vez, podría rentar una bodega –si no tiene alguna propia- y guardar algunas cosas mientras exhibe otras. No sé, se me ocurre. Me he vuelto tan minimalista con el libro que les conté de la japonesa (Marie Kondo, La Magia del Orden) que me ataranto con los objetos amontonados.

La camaradería entre los guardias le da un toque especial al lugar: mientras tú tratas de sobrevivir a la onda gélida y encontrar a Van Gogh perdido entre Orozco y los letreros del baño, ellos se avientan y carcajean felices como los típicos compañeros de trabajo cuando el jefe no anda cerca. Tampoco me gustó el techo del museo (ya sé, me fijo en pequeñeces) porque me recordó al palenque de Texcoco y la música interna, que es rara. Fuera de eso, el Soumaya es fantástico. ¿Cuál es la música interna? Ah. Es que con las nuevas tecnologías, cuando estás observando la ‘Puerta’, por ejemplo, con el teléfono inteligente aprietas o escaneas y aparece frente a ti toda la información de la obra en cuestión con un fondo musical muy mexicano y animoso…¡El Huapango de Moncayo! A lo mejor son mañas de cincuentona, pero me costaba trabajo concentrarme en la representación de La Divina Comedia al ritmo de “tara ta tara tara ta tara, tara ta tara…”.

Uf, pero la escultura de El Beso –cuando la encuentras entre tanta cosita y cosota-, también es una maravilla. Cuenta la historia que Francesca se enamoró perdidamente de su cuñado, que también estaba casado, y por ese beso los cachan y se mueren. Está cabrón. Sí, a veces reflexionas en un lugar insospechado.

De allí me voy al Museo Universitario de Arte Contemporáneo, porque tienen montada una exposición impresionante de Anish Kapoor, un artista genio –hindú- de la actualidad.

Aquí los guardias sí están en lo suyo y miden 4 veces mi bolsa de mano, porque si no cumple con los ‘estándares internacionales en tamaño de bolso permitido en los museos para no dañar y/o robar la obra’ no puede pasar. Fiu, qué susto, pasé la prueba. Ya adentro me quedé sin palabras porque Kapoor es lo máximo. Esculturas que parecen hechas con sangre, espejos fantásticos, formas increíbles que engañan a la vista, figuras que salen de los muros. Me encantó.

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Aunque si ustedes son de los que odian los museos, no los culpo. Lo bueno del MUAC es que si no te gusta lo de adentro, también está bonito lo de afuera: ¡la tienda es buenísima! Entre mi hermana y yo salimos con unos aretes, un dije, un libro, unos ganchos para ropa, postales, una blusa, dos saleros y un foco. O sea, hay que tomar la alegría donde te la encuentras.

Así mi fin de semana. No dejo de darle vueltas a lo del infierno. ¿A quién me encontraré?

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