El Factor Figueroa: El viaje

De cuando te pierdes una boda, pero ganas algo mejor.

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Supe que la boda de Aislinn Derbez y Mauricio Ochman fue increíble, aquello parecía un parque de diversiones espiritual.

Había hidroterapia chakral, meditación gamma, viajes astrales, caminatas por un laberinto y juguitos, puros juguitos cero alcohol.

Pues que bueno que no fui porque no estoy para desdoblamientos y la última vez que entré a un laberinto, al final apareció uno con cara de loco que gritaba “¡los voy a matar!”. Lo único que me dio pena perderme fue la meditación gamma porque eso te transporta a un estado interdimensional de luz, de paz y de amor infinito y a nadie le cae mal –de vez en cuando- una buena ‘interdimensionada’. Por lo demás, los chakras los tengo muy alineados, hidroterapiados, abiertos y pulidos, así que le mando un abrazo grande a la pareja ¡qué vivan los novios!

Y mientras se juraban amor eterno… ¡yo me comía solita una lasaña de 7 capas en Cozumel para festejar mis 50! Dios, todavía traigo salsa bechamel en el duodeno. No fue un viaje astral, pero sí un mega viaje.

Decidí que lo mejor para arrancar esta importante etapa de la vida, era estar sola y meditar sobre lo que seguía. Pues no medité nada, ni hablé conmigo misma pero me divertí mucho. Tal vez porque no hay nada que arreglar y todo gira poca madre en mi mundillo.

Todo el mundo preguntaba “¿por qué tan sola?” “¿nadie pudo venir con usted?” “¿vino sola para descansar?” Creo que no están acostumbrados a ver a una loca suelta que entra a cualquier lugar y pide sonriente ‘mesa para uno’. O no saben qué hace una mujer sola, cuando parece que se ha puesto de moda –otra vez- estar en pareja. ¿Lo han notado? Todos a mi alrededor están casados o algo ¡como antes!

El caso es que festejé mi recién adquirida sabia virtud de ¡hacer lo que me da la gana! Hoy que mi hijo ya tiene una pareja estable (¡les digo!) y me hace poco caso, me mando sola.

Pues así mi celebración: que me daba sueño, me dormía. Que tenía hambre a deshoras, comía. Que solo quería estar en el mar, pues a gusto y sin la típica presión de ‘tengo calor’, ‘ya me aburrí’, ‘¿qué vamos a cenar?’. Usaba ropa repetida, no me peinaba, me subía a la bici sin rumbo fijo, desayunaba tacos de cochinita pibil con licuado de fresa sin que nadie me juzgara: lo que viene siendo una china libre. ¿Lo han hecho? Uy, no saben qué bien se siente.

Pasé tres día haciendo una de mis cosas favoritas: estar en el mar. ¿Les conté que soy buzo? Me certifiqué hace varios años porque sumergirte es alucinante y también quería dejar constancia de que soy capaz de hundirme en el fondo del océano con tal de entretener a los lectores. La primera vez que bajas, con el susto, no te enteras de mucho; ya que dominas, es increíble encontrar peces en plan ‘Buscando a Nemo’, tortugas, tiburones, mantarrayas, erizos, cangrejos, corales. Pero lo que me encanta es darte cuenta de la inmensidad allá abajo. Como dijo aquel “no somos nada”.

Me regalé ir a un lugar conocido como “el cielo” -porque lo único que ves son estrellas, de mar- y casi lloro (que entre tanta agua, ya no sabes qué es qué). Una belleza. Cuando estás ahí, de pronto todo se queda en silencio y solo escuchas tu respiración, flotas ¡y a fluir!

En eso estaba, en pleno “fluying”, cuando nos ordenaron –con señas marinas- regresar al barco porque el mar estaba muy revuelto. Y sí, para subirme luché a muerte con la escalerilla y ahora tengo moretones por todas partes. Sin contar el regreso al muelle donde vomité más que 18 embarazadas juntas. Eso sí, pisé tierra bien flaca.

Es lo bonito de la vida: te golpea un poco, pero luego te recompensa. Siempre

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