El Factor Figueroa: El Club de la alegría

Hay una parte dentro de mí que ama a los atletas, siento que son como súper héroes.

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Un buen día, hace algunos años, Alex mi hijo me presentó a su mejor amiga que era simpática, educada, guapa y súper atleta. Recuerdo que me alegré muchísimo porque pensé que era la compañera perfecta para un hijo en plena edad del descarrilamiento. Y obvio recé para que se le pegaran las buenas mañas deportivas que yo, su madre, no le heredé.

Ustedes me conocen y saben que no soy una persona de entrenamiento físico. Ni tantito. Lo mío es más psicológico. Si me preguntas cuál fue mi momento favorito de los Juegos Olímpicos de Londres, por ejemplo, contesto sin dudar que cuando la Reina Isabel se tiró del helicóptero con James Bond. Por cierto, mi reina acaba de cumplir 90 años y eso me llena de júbilo ¡Salve Chabela!

Pero hay una parte dentro de mí que ama a los atletas, siento que son como súper héroes. Cuando veo competencias por televisión siempre lloro a la hora de las medallas. Si tú me ves, pensarías que soy la madre de todos porque aplaudo y así.

No sé, me parece súper emocionante verlos romper récords y subir sonrientes al pódium. Supongo que lo que me gusta es la felicidad de los que se esfuerzan y logran cosas -llámale sueños-. ¿Saben qué me impresiona? Que entrenan todo el día para llegar ¡un segundo antes! al otro lado de la alberca. Otra vez y otra vez y otra vez.

Pero volviendo a la historia, la amiga de Alex se llama Fernanda y es nadadora de alto rendimiento. Tú le pones enfrente 200 metros u 800 y ella los recorre encantada, con pasión y una sonrisa maravillosa. Pues para quienes no estén muy enterados, hace una semana hubo una triste noticia: “Balean a ex-seleccionada en la colonia Roma”. Sí, Fernanda Armenta. La misma Fer.

Quise dedicarle ésta columna porque sé que le dará gusto leerla y porque me alegra mucho que esté viva y fuera de peligro .

Debo confesar que soy de esas personas acostumbradas a lo malo y que cuando escucho balaceras en nuestra ex tranquila colonia, me asusto pero luego se me pasa. Esta vez no podía dormir pensando en el futuro de Fer. Fueron de esas noches de quedarme dormida y despertar cuatro veces angustiada.

Sé que me llegó fuerte la noticia por el cariño que le tenemos, porque me conmovió la preocupación de mi hijo o por lo que me digan. Pero también pensé que es una injusticia tremenda que pasen estas cosas y que pudo sucederle a cualquiera. Porque no fue la niña que salió del antro malcopeada, en una colonia extraña, en la madrugada. Fue pura mala suerte en un momento asqueroso de inseguridad en la ciudad. Es más, el accidente ocurrió en un lugar que transito con frecuencia, o sea, ella estaba en mi escenario de muchos días.

En fin. Creo que lo que más odio es saber que la vida es cortita y no quiero que se acabe. Quiero que dure más. Que nuestras personas queridas y amigos entrañables vivan por siempre ¿Cómo le hacemos?

Todavía traigo el nudo en la garganta, pero prometí ayudar en todo lo posible. Que a veces a la gente le suena un poco exagerado eso de “todo lo posible”, pero les juro que si estoy dándole vueltas para que se me ocurra una gran idea sanadora.

Por lo pronto, toca abrazar a Fer, consolarla y decirle que todo va a estar bien. Ojalá que pronto vuelva a salir a la calle -porque ahí está la vida- a nadar, crecer, trabajar, divertirse y sonreír mucho.

Ya sé, voy a trazar un plan para que ella y otros amigos que están sufriendo por angas o mangas recuperen la felicidad. Se me ocurren un montón de cosas pero, por favor, si quieren aportar ideas, suéltenlas. Como si fuera el Club de la alegría o algo así.

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