El Factor Figueroa: El Calimocho

Nos encanta Estados Unidos. ¿Sí o no? Bueno, a mí sí.

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Gracias a dos vasos de vino tinto finísimo con Coca-Cola, me gustó la toma de posesión de Trump. Es lo bueno de los ‘calimochos’, saben a gloria, te relajan y hacen que veas la vida más bonita.
Tan bonita que, cuando entró Donald emocionado al salón de la ceremonia con carita sonriente y expresión de “¿en serio, llegué hasta aquí? ¡soy el nuevo presidente de Estados Unidos!”, mi amiga Roxana y yo casi lloramos. Perdón, pero nos ganó la emoción de ver a un simple mortal convertirse en el hombre más poderoso del mundo. Es como cuando lloras porque alguien que no está completo (ponle que le falta una extremidad o un ojo) concluye una carrera. Hay cosas que emocionan y hacen que los pelos se te pongan de punta y a veces no sabes exactamente por qué. Así es la vida.


Son reflexiones salidas del corazón de ésta columnista -empapado de ‘kalimotxo’- , pero puedo decirles con toda seriedad que seguí minuto a minuto la investidura de Donald Trump.


Aunque debo ser sincera y confesar que lo que más me interesó fue la parte ‘light’ del asunto. O sea que si el vestido de la Primera Dama, que si la cara de Michelle Obama durante la despedida, que si Melania checándose el peinado en el monitor durante la transmisión mundial, que si la hija Ivanka Trump tomando agua a escondidas para no perder el look (según ella , pero ¡todos la veíamos! Ja), que si el niño Barron se porta muy raro, que si la niña Tiffany se parece a Lindsay Lohan en drogas, que si que sentirá Marla Maples de no ser ella la ‘first lady’, que si dónde andará y qué pensará Ivana Trump de su ex marido, que si el gesto de frustración total de Hillary Clinton viendo el triunfo de Trump y viendo a su –Bill- marido tratando de ligarse a alguien en el evento. ¡Todo eso! Por eso les decía que lo disfruté, porque me pareció de lo más divertido. Recuerden que últimamente soy de la secta “¡Viva el optimismo!”.
Espero que disculpen la ausencia de odio y mi falta de observación política, pero para eso están todos los demás, para hablar del Apocalipsis que se avecina.

Además, yo comulgo con el Papa Francisco y también opino que no debemos anticiparnos a los acontecimientos, hay que ver qué hace Mr. President, no podemos ser profetas de calamidades. Porque hay personas que sienten que nuestra relación con Estados Unidos se ha roto para siempre y lloran sin consuelo.


Que, sinceramente, no sé si lloran por verdaderos ideales o porque ya nunca podrán ir de shopping (ni siquiera a Target a comprar chucherías), ni a esquiar ni al teatro en Broadway (ánimo muchachos, ya casi estrenan acá Billy Elliot).


Y la verdad, yo creo que todo seguirá igual que siempre porque ¡así somos! No importa si el dólar está a 11 o a 24, o si nos maltratan, ofenden o empujan: siempre vamos y gastamos.


Nos encanta Estados Unidos. ¿Sí o no? Bueno, a mí sí.


Ir a los museos –aunque aquí tenemos unos increíbles y no vamos-, a los mejores restaurantes –aunque aquí tenemos buenísimos-, a comer hamburguesas y ver el basquetbol –eso sí está mejor allá, la neta-, a caminar –aquí también hay donde-, los paisajes fantásticos –que sinceramente aquí hay unos hermosos-, las tiendas maravillosas –que casi todas ya están en México-, las playas de Miami –y ahí sí, las playas mexicanas si son más padres.


A pesar de que amamos ‘ir al gabacho’ tal vez llegó la hora de dejar nuestro dinero, poco o mucho, en México. Se me ocurre.
Total, no pasa nada. O pasa todo.

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3 COMENTARIOS

  1. Muy cierto¡¡ahora sí a darle con todo a nuestro México querido,a valorar todo lo que aquí tenemos.

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