El Factor Figueroa: El Baño

Es muy importante ‘cepillarte’ lo que no quieres.

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Estaba leyendo que Cristian Castro se divorcia, después de 28 días de casado.
Oigan, no me lo tomen a mal pero, que bueno. Es que siento que en la vida es muy importante cepillarte lo que no quieres (desde luego, hubiera sido preferible que el Gallito feliz lo pensara mejor antes del matrimonio, pero a veces la mente tarda en reaccionar).

Pero a lo que voy es que, ‘cepillarte’ lo malo es literal: todo para fuera.

En Japón aprendí a bañarme como Dios manda, pero no crean que solo es cuestión de agua y jabón. No. El rito del baño japonés tiene que ver con la limpieza y –principalmente- con despojarte en cuerpo y alma de cosas que traes encima y no te hacen bien. Ponle ‘mugre’ pero en toda la extensión de la palabra.

Mi hijo, que es súper occidental para lo que le conviene, no quiso entrar al baño público y remojar sus partes nobles con un montón de extraños. Yo, me quité la ropa y allá voy. Esta columnista y sus pompas conociendo los usos y costumbres en un pueblito cerca de Tokyo para disfrutar de un momento relajante y de purificación.

Debo confesar que cuando me arranqué el bonito kimono azul y las chanclas de madera, me puse nerviosa porque tenía que seguir muchas reglas, por ejemplo, debes recogerte el pelo para que no toque el agua y está prohibido entrar si tienes tatuajes (te perciben como una persona, digamos, ‘malora’). Pero la principal era someterme a un baño muy intenso antes del baño comunitario, lo que viene siendo el ‘pre-baño’. Me había dicho un amigo que conoce bien el tema: “no te preocupes…¡tú les vas a dar asco!”. Y no al revés. Claro, es que nunca sabes que traen los desconocidos encima, a nivel psicológico y bacterial.

Al llegar tienes que sentarte totalmente desnuda en un banquito de madera frente a una regadera y tallarte, limpiarte y zacatearte sin salpicar ni estorbar a la vecina. Eso sí, son tan detallistas que te ponen todo lo necesario: jabón líquido, champú, acondicionador, trapito, cubeta, cremas humectantes. No está permitido bañarte de pie.

Pues ahí estaba yo, fundiendo mis sentaderas con miles de pompas niponas que han pasado por ese banco. Por supuesto no podía dejar de pensar en infecciones y bichos, hasta que vi cómo se bañan las japonesas. Dios santo, un tallón más y se arrancan la piel. La espalda, el trasero, la raya (uf, que rayas tan relucientes), por arriba y debajo de las bubis, el cuello, entre los dedos, la cara, los pies, los huecos, el pelo.

Es todo un ritual y me encantó ver como se quitan las impurezas, que a su vez se llevan por la coladera todas las preocupaciones, pesos y agobios.

La verdad es que nadie te observa, pero yo las espié porque soy una curiosa y también para aprender sobre el ‘pubis oriental y su estilismo’.

En general, llevan el pelo muy largo en la zona genital, así que cuando nos metimos al baño comunitario, se movían las melenas como peces Koi.

Los ‘Onsen’ tienen aguas termales muy calientes, así que se recomienda ponerte un trapito de agua fría en la cabeza para evitar el mareo. Pero yo no podía evitar la risa tonta sentada entre tanta encuerada y sus tradiciones.

Compartí remojo con una mujer guapísima de cinturita y pelazo, con otra que parecía luchadora (maciza, maciza, tosca, tosca), una anciana con peluca, una mujer madura ensimismada y una veinteañera china de boca roja y pelo larguísimo arriba y abajo. Me dijo que así se usa en Hong Kong, así que yo le hice cara de “ah, que bonito pero en la ciudad de México, las de mi edad somos minimalistas y lo llevamos corto… sashimi corte fino”. No sé si entendió –seguro que no- pero sonreía. La ‘luchadora’ no me quitaba los ojos de encima, solo los cerraba. Supongo que no van muchas occidentales a remojarse por allá.

Al final, nos relajamos todas juntas, flotamos un poco, imaginamos la vida de la otra, nos concentramos en la nuestra y fluimos. Personalmente, estaba fluye y fluye hasta que la anciana empezó a tambalearse. Pensé ‘¿y si se desmaya aquí?’ (porque sabrán que los viejitos son súper independientes y andan solitos por todas partes) y ahí me tenían planeando cómo explicar la situación a la hora de pedir auxilio (jajaja). Desnuda y sin hablar ni pío del idioma local. Por suerte, no pasó nada.
Al salir, ya vestidas, parecíamos otras. Ya no éramos tan iguales.

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Periodista de espectáculos, conductora de televisión, autora del libro Calladita me veo más bonita. Conductora del segmento de espectáculos del programa Hoy en Televisa.

5 COMENTARIOS

  1. Jajaja, me hiciste reír mucho y eres tan descriptiva que nos llevas al lugar con la imaginación….eres genial !

  2. Buenisima Martha!!!
    Puedo leerte con todo y tus ademanes gestos y entonaciones.
    Saludos desde Ciudad Juarez.

  3. Jajajaja,ya me imagino ¡¡
    Yo hubiera estado igual que tú,un ojo al gato y otro al garabato.
    Como siempre genial¡¡¡

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