El Factor Figueroa: Destruyendo al prójimo

¿Qué pasaría si la crítica fuera un deporte olímpico?

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La gente juzga en segundos

Estuve en una cena de terror

La comida japonesa de autor estaba deliciosa. Ya saben que si los camarones tempura no sé qué, que si el atún sellado con la salsita no sé cuál, que si la pizza de atún que es una joya. Todo muy bien, salvo una costilla de cerdo que no entendí cómo llegó hasta nosotros pero parecía de ésas chuletas ahumadas rositas que nos daban las mamás con piña.

Bueno, el caso es que la cena era para una amiga –ponle conocida medianamente cercana- que regresó a vivir a México, después de 15 años. Y todo iba muy bien, con un montón de risas y anécdotas, hasta que a la santa mujer se le ocurrió empezar a soltar nombres de personas para saber si nos caían bien o no y si eran buenas o malas, para decidir si retomarlas en su nueva vida.

¡Jesucristo vencedor, no desates tu ira y tu rigor! La dinámica se pudo llamar “Destruye al prójimo”, “Odio a todo el mundo” o “No soporto a nadie” porque empezamos a vociferar como enfermos. Si la crítica fuera un deporte olímpico, en esa mesa ganaríamos el oro en plan Michael Phelps. No se salvó nadie. Políticos, actrices, presidentes, jefes, amigos, ex parejas.

Yo caí en la trampa y solté un par de nombres (bueno tres, para ser sincera) de mujeres famosas que me parecen del asco. Por suerte –para no quedar como una amargada- los otros comensales coincidieron conmigo en dos. Luego, ellos soltaron sus propios seres vomitivos y yo voté a favor con ilusión.

Debo confesar con toda la pena del mundo que devoramos gente como locos (¡estaban mejor que las chuletas!) y al rato me entró un remordimiento brutal. Tanto que esa noche soñé que las tres ‘mujeres malditas’ se enteraban que hablé mal de ellas y me mataban.

Lo anterior puede sonarles frívolo y estúpido, pero es serio. ¿No es horrible lo que hicimos? Digo, independientemente de que sí son malas personas y no merecen defensa (jajaja), no somos nadie para andar por la vida descalificando. Sobre todo porque la palabra clave es “subjetividad” y cada quien habla como le va a en la feria.

Desde luego hay personajes que todo el mundo odia parejo y sin la menor duda, pero hay quien se porta increíble contigo y conmigo no, o al revés.

Me acuerdo de un novio que tuve, que es el ejemplo perfecto. Yo juraba que era el más simpático, inteligente y tipazo que había en la tierra, y todos lo detestaban por déspota, truculento y desalmado. Hasta la fecha, la discusión sigue.

Y aquí viene la pregunta: ¿Debemos dejar que cada quien conozca a la ‘piedra’ y se tropiece con ella? ¿Advertimos y que cada quien decida si le entra o no? ¿Mejor no opinamos y evitamos problemas?

En qué se fija la gente para juzgarte

Yo, por ejemplo, me gané a pulso la imagen de persona ruin y ahora no hay manera de quitármela. Aunque haya cambiado, aunque pasen los años, aunque no sea cierto, aunque haya pagado las facturas, aunque sea todo lo contrario. Es una sensación extraña porque a veces encuentro a personas que me conocen poco y se desilusionan al verme tranquila, sonriente y feliz, en lugar de chorrear sangre por los colmillos y girar la cabeza como la niña de El Exorcista.

Como prueba de mi actual estado de ‘benignidad’, el otro día me encontré a una amiga querida en pleno ‘date’ con un cuate de mala reputación, pero ella se veía encantada. Y ahí me tienen toda la tarde pensando si pasarle o no la ‘información privilegiada’ del galán… ¿Le digo o no le digo, le digo o no le digo, le digo o no le digo? Por supuesto, callé y seguí mi camino. Como dijo el borracho: “cada quien sus cubas”.

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